Se llamaba igual que el personaje de una novela imposible de conseguir. Había rastreado al autor, me dijo una vez, hasta dar con él al otro lado del mar, en una ciudad muy vieja a orillas del Mediterráneo. En las fotos era un viejo de pelo abundante y muy blanco con ojos serenos enmarcados en unos lentes muy grandes. Se había exiliado en los setenta; a mediados de los noventa logró consolidarse como escritor: tenía algunos libros traducidos al portugués y al francés y la fama de una prosa lúcida y brillante. Era más conocido en España que acá. Yo tenía, sin embargo, un libro de él. Esto le causó —nos causó— gracia, o ternura, o una levísima perplejidad. O todas esas cosas.
Conjuro
Silencios
“Esperan la tormenta en silencio. Ella ceba unos mates tibios en los que flotan algunos palitos de yerba; él fuma concentrado en el ejercicio de llevarse el pucho a la boca y arrugar los labios para pegarle una pitada corta pero profunda. De a ratos, mira el horizonte: las copas de dos pinos que se mecen con el viento, la tranquera, el camino de tierra por el que a veces pasa una pickup levantando tierra, el manchón borroso de un campo de soja que parece no terminar nunca”.
Algo que escribí para la sección Estampas de Venado 24, el diario digital de Venado Tuerto. El texto completo acá.
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—Ahí casi se ahoga el Mama —dice, y señala la barranca con barandas al final de un parque demasiado concurrido como para que lo que acaba de decir suene lógico.
Diez años en España no pueden confundirlo tanto: es la ciudad la que mutó, la que modificó para siempre el perfil urbano en aquella zona que tanto conocíamos. Cuando se fue ya había cambiado, o ya había empezado a cambiar. Pero sé que mira las vías de trenes, el Parque Norte, la barranca del río y piensa en aquel paisaje irrecuperable de paredones y vagones y muelles con maderas podridas en donde nos aventurábamos con imprudencia hace veinte, veintitantos años.
Yo miro por la ventanilla del auto. El que conduce es él, por una calle que en aquel entonces no existía. Lo hace despacio, sin apuro, bordeando la hilera de autos que están arrimados al cordón del parque Sunchales.
—Nos tirábamos de los muelles que estaban allá abajo: ahora no existen, o si existen no se ven, y si se ven cómo carajo se nos ocurría una cosa semejante. Una caída como de diez metros. Continuar leyendo
Suena un cuento
Esta noche a las 22 se presenta el ciclo “Suena un cuento”, cuentos rosarinos hechos radio. La cita es en LT8, en el programa “Un tiro al aire” de Marcelo Mogetta. Ahí estarán para presentarlo los impulsores de esta hermosa propuesta: Anahí González, Juli Comba y Juan Camelia. La cosa arranca con “Llantas“, un cuento de quien suscribe. Escuchalo en AM830 o en vivo por internet.
Todos los ciegos se parecen
Ya está online el nuevo número de la Revista eSe, con un cuento escrito para la ocasión. Que lo disfruten.
Cosas de mimbre
Uno de mis cuentos en formato de libro digital. Una linda propuesta de Cosas de mimbre ediciones, en el blog de Pablo Giordano.
Medusa enamorada
Ella era una especie de Medusa secreta y tenía el poder de petrificar con la mirada. Sucumbió como muchos antes que ella: por amor. La sedujo un ciego que era inmune a sus poderes y se la llevó a vivir con él. El ciego le tocaba la cara con las manos y le decía que era hermosa; Medusa lloraba unas lágrimas gordas y relucientes porque nadie, antes, había alcanzado a decírselo. El ciego, que no tenía espejos en la casa —para qué— creyó que sería buena idea regalarle a Medusa un gran espejo de pared en el día de su cumpleaños. Quería que pudiera verse a diario tal como sus manos la veían cada noche. Ella rompió el envoltorio sin sospechar el contenido y él, con una sonrisa inocente, le preguntó qué le parecía. Se lo siguió preguntando mientras ella, pétrea, inmóvil, eternamente endurecida, se veía por primera vez.
Fedora
Creo que fue algunos meses después del funeral cuando dos peones lo encontraron durmiendo a la sombra de la higuera. Los vimos llegar agitados, los ojos muy abiertos y una revelación imposible temblándole en las bocas. La familia en pleno se reunía en la mesa interminable del patio bajo el tambaleante sol de un otoño cordobés, en aquella casa con chanchos y tractores y un terreno interminable atravesado por un canal, tan cerca del aeropuerto que el ruido de las turbinas nos tapaba los gritos. Primero se levantó mi abuela, después la seguimos todos: los adultos corrían detrás de los peones; más atrás íbamos los chicos, aún sin entender de qué se trataba ese alboroto. Nos arremolinamos en torno a la higuera como ante un espectáculo callejero. El viejo dormía recostado contra el tronco, el sombrero de fieltro caído sobre los ojos. Entonces mi abuela avanzó y le puso una mano en el hombro.
Mujer con dones
Un traductor amigo suele hablarnos de una mujer imposible. Es parecida a todas, dice, sin ser igual a ninguna. La ubica a mitad de camino entre el mito y la ficción, acaso porque es incapaz de recordar si la historia se la contaron o alguna vez la leyó. Una mujer inconfundible pero sin grandes particularidades. Es su forma de decir que podría ser cualquiera de las que nos rodea en ese momento en el bar. (Suele contarlo en bares, cuando está borracho: los demás le festejamos la historia y reaccionamos con asombro o extrañeza como si fuera la primera vez que la cuenta.) Lo que la distingue de las demás —porque algo tiene que distinguirla, algo tiene que justificar tanta recurrencia— es que el amor con ella es imposible. Continuar leyendo
El bombardeo al revés
“Entonces, tras haberse aislado ligeramente del tiempo, vio la última película, primero al revés, de fin a principio, y luego otra vez en sentido normal. Era una película sobre la actuación de los bombarderos americanos durante la Segunda Guerra Mundial y sobre los valientes hombres que los tripulaban. Vista hacia atrás la historia era así:
Aviones americanos llenos de agujeros, de hombres heridos y de cadáveres, despegaban de espaldas en un aeródromo de Inglaterra. Al sobrevolar Francia se encontraban con aviones alemanes de combate que volaban hacia atrás, aspirando balas y trozos de metralla de algunos aviones y dotaciones. Lo mismo se repitió con algunos aviones americanos destrozados en tierra, que alzaron el vuelo hacia atrás y se unieron a la formación. Continuar leyendo
