
Y mientras tanto trato de no dejar un descalabro en el trabajo, no olvidarme del cumpleaños de mi mujer, que tengo un casamiento en el horizonte próximo, que a veces, también, me convendría dormir o descansar.
Son días agitados pero interesantes.
Se lo dice el productor, un pendejo soberbio que se las apañó, quién sabe cómo, para dejar caer entre las formalidades de la presentación que tenía una licenciatura en alguna mierda que no logra recordar. Se lo dice sin perder la compostura. Doval lo odia de pronto. Odia la pedantería del mocoso, su camisita de cuello italiano sin corbata, sus anteojos oscuros sobre la cabeza y la barba finita que le recorre la mandíbula.
Aunque no me desvele cuidar la frecuencia de publicación, hoy pensaba actualizar el blog. Quizá porque conseguí hacerme un hueco o dejar de lado algunas cuestiones que me mantenían alborotado. Entre ellas, dicho sea de paso, los preparativos junto a la gente de Editorial Ciudad Gótica de La risa de los pájaros, mi primer libro de cuentos. El tiempo que pensaba dedicar a escribir algo, sin embargo, se lo cedí a un placer que venía postergando: escuchar cuentos de grandes autores leídos por escritores célebres. Un pequeño lujo que, gracias al blog de Patricia Kolesnicov, está al alcance de cualquiera.
Buen viaje, Pedro.
Te vamos a extrañar.
Compré una réflex digital a muy buen precio en la triple frontera. Ya en casa le descubrí una falla inverosímil: cierta propensión a fotografiar hacia atrás en el tiempo. Un salto temporal entre lo que ocurre frente al objetivo y lo que refleja el visor después del clic. No me refiero a una dilación mínima, a la transfiguración apenas perceptible de una sonrisa o al desplomarse inoportuno de los párpados. No. Es un salto temporal pronunciado. El intento de capturar el clásico apagado de velitas en un cumpleaños, por ejemplo, arroja como resultado una fotografía absurda de mi mujer, con delantal y enharinada, sacando una torta del horno; mis hijos recién bañados aparecen llenos de arena en una plaza; el asado humeante en la parrilla se transforma en una vaca que pasta indiferente. Leer más…
Dos cuerpos yacen en una cama. Dos universos distantes, estáticos. La respiración acompasada de ella, tenue, va abriendo grietas en la sólida penumbra que los aplasta, le llega a él como desde un lugar remoto o inimaginado, como si en lugar de haber estado allí todo el tiempo se estuviera aproximando desde los confines de un sueño.
Dos cuentos muy breves que encontré en distintas antologías de mi biblioteca: el de Ana María Shua en el tomo 10 de la Antología del cuento fantástico argentino de Página/12; el de Berti en un librito llamado Nuestros Cuentos, una antología de la narrativa argentina. Aunque para no transcribir el texto, tomé de la revista Mil Mamuts esta versión acaso más nueva, más corta. Pulida, creo yo. Dicho sea de paso, Nuestros Cuentos es un libro que, creo que con cada compra, se regalaba en las librerías hará unos diez años para difundir a los escritores argentinos contemporáneos. No estaría mal que se repita de vez en cuando. Leer más…
Revisando archivos viejos encontré un cuento que algún día, tal vez, me decida a reescribir. Lo curioso del caso es que conserva las mutilaciones y variantes de un proceso inicial de corrección, donde la birome fue reemplazada por el control de cambios del Word.

Al menos le ponía empeño.
El 21 de agosto de 1952, hace exactamente cincuenta y siete años, una enfermera escocesa daba a luz en Ankara, Turquía, al hijo de un diplomático hindú. Lo llamaron John Graham Mellor. Si el nombre no le dice nada es, probablemente, porque conoció la fama mundial como Joe Strummer. Si este nombre tampoco le dice nada, usted está descartado para cualquier relación amorosa con un(a) fanático(a) de Joe, como bien indica la banda de Louisiana Cowboy Mouth: «she had to go cause she didn’t know who Joe Strummer was». En ese caso —aun cuando su horizonte esté despejado de fanáticos o de nuevas relaciones amorosas— deje de leer esto y corra a comprar algún disco de The Clash. Puede empezar con London Calling, ubicado por la revista Rolling Stone en el octavo puesto de los 500 mejores discos de la historia. Casi nada.
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Lautaro pinta tigres en la selva de su cuarto. Una fronda espesa cubre la cabecera de la cama, el espacio que no ocupa la ventana, los rincones sin roperos de la pared. Troncos rugosos pintados con tierra de siena natural, tierra de sombra tostada y ocres en las zonas de luz. Lianas que cuelgan hasta el zócalo. Hojas enormes con gotas de lluvia. A veces también pinta monos que se trepan a lo alto, se cuelgan de la lámpara y desaparecen con un chillido. Lautaro es feliz en la jungla de su cuarto. Lucas no.